Mi papá se encargó de todo el movimiento -dijo Rosa Lupe la aguileña vestida de carmelita-. Dijo que el
ejido ya no daba para más. La tierra se iba haciendo más chica y más seca cada vez que la dividíamos entre el
montón de hermanos. Yo siempre fui activa, muy activa. En el ejido me encargaba de que estuvieran limpias las
calles y pintadas de blanco las paredes, me gustaba preparar el papel picado para las fiestas, traer a los músicos,
organizar los coros de los niños. Mi papá dijo que era yo demasiado lista para quedarme en el campo. Él mismo
me trajo a la frontera, cuando tenía quince años. Mi madre se quedó en el ejido con los hermanitos más chicos.
No se anduvo por las ramas mi padre. Me dijo que aquí yo iba a ganar en un mes diez veces más que toda la
familia en el ejido. Yo era muy activa. No me iba a pesar. Mientras él se quedó aquí, me resigné. Él era como la
continuidad de mi vida en el pueblo. No le dije que extrañaba la tierra, mi mamá, mis hermanitos, las fiestas
religiosas, la Candelaria cuando se viste al niño Dios, la Santa Cruz y su coheterío tan alegre pero tan miedoso,
el Miércoles de Ceniza cuando todo el pueblo trae su cruz de carbón en la frente, la Semana Santa cuando salen
los judíos con sus barbas blancas y sus narizotas y sus abrigos negros a hacer travesuras contra los cristianos,
todo, las posadas, los reyes, lo echaba todo de menos. Aquí busco esas fechas en el calendario, tengo que
recordarlas, allá no, allá las fiestas llegaban sin necesidad de recordarlas, ¿me entienden? Pero mi papá me
instaló aquí en Juárez en una casita de una pieza en la colonia Bellavista y me dijo: "Trabaja mucho y
encuéntrate un hombre. Eres la más lista de la familia." Y se fue.
-Yo no sé qué es mejor -Dijo enseguida la Candelaria-. Ya les dije, yo vivo cargada de obligaciones. Cuando
me vine a la frontera, me traje a mis hijos. Luego llegaron mis hermanos. Finalmente mis padres se animaron.
Es mucha carga para mi sueldo y cuidado con hacerme bromas, pinche Dinorah. Lo que nos dan nuestros
hombres lo merecemos. Lo que me da mi padre es de pilón, es el recuerdo. Mientras mi padre esté en la casa, ya
no olvidaré. Vieran qué bonito es tener cosas que recordar.
-No es cierto -dijo Dinorah-. Los recuerdos nomás duelen.
Carlos Fuentes La Frontera de Cristal
50
-Pero es dolor del bueno -contestó la Candelaria.
-Pues yo sólo conozco del malo -siguió Dinorah.
-Es que no tienes con qué compararlo, no te das a ti misma el chance de almacenar tus buenos recuerdos del
pasado.
ejido ya no daba para más. La tierra se iba haciendo más chica y más seca cada vez que la dividíamos entre el
montón de hermanos. Yo siempre fui activa, muy activa. En el ejido me encargaba de que estuvieran limpias las
calles y pintadas de blanco las paredes, me gustaba preparar el papel picado para las fiestas, traer a los músicos,
organizar los coros de los niños. Mi papá dijo que era yo demasiado lista para quedarme en el campo. Él mismo
me trajo a la frontera, cuando tenía quince años. Mi madre se quedó en el ejido con los hermanitos más chicos.
No se anduvo por las ramas mi padre. Me dijo que aquí yo iba a ganar en un mes diez veces más que toda la
familia en el ejido. Yo era muy activa. No me iba a pesar. Mientras él se quedó aquí, me resigné. Él era como la
continuidad de mi vida en el pueblo. No le dije que extrañaba la tierra, mi mamá, mis hermanitos, las fiestas
religiosas, la Candelaria cuando se viste al niño Dios, la Santa Cruz y su coheterío tan alegre pero tan miedoso,
el Miércoles de Ceniza cuando todo el pueblo trae su cruz de carbón en la frente, la Semana Santa cuando salen
los judíos con sus barbas blancas y sus narizotas y sus abrigos negros a hacer travesuras contra los cristianos,
todo, las posadas, los reyes, lo echaba todo de menos. Aquí busco esas fechas en el calendario, tengo que
recordarlas, allá no, allá las fiestas llegaban sin necesidad de recordarlas, ¿me entienden? Pero mi papá me
instaló aquí en Juárez en una casita de una pieza en la colonia Bellavista y me dijo: "Trabaja mucho y
encuéntrate un hombre. Eres la más lista de la familia." Y se fue.
-Yo no sé qué es mejor -Dijo enseguida la Candelaria-. Ya les dije, yo vivo cargada de obligaciones. Cuando
me vine a la frontera, me traje a mis hijos. Luego llegaron mis hermanos. Finalmente mis padres se animaron.
Es mucha carga para mi sueldo y cuidado con hacerme bromas, pinche Dinorah. Lo que nos dan nuestros
hombres lo merecemos. Lo que me da mi padre es de pilón, es el recuerdo. Mientras mi padre esté en la casa, ya
no olvidaré. Vieran qué bonito es tener cosas que recordar.
-No es cierto -dijo Dinorah-. Los recuerdos nomás duelen.
Carlos Fuentes La Frontera de Cristal
50
-Pero es dolor del bueno -contestó la Candelaria.
-Pues yo sólo conozco del malo -siguió Dinorah.
-Es que no tienes con qué compararlo, no te das a ti misma el chance de almacenar tus buenos recuerdos del
pasado.


